sábado, 23 de junio de 2012

Método suicida



Me han pedido que recomiende un método de suicidio en el que no te enteres de nada.
El que voy a proponer suele ser eficaz, con la ventaja de que mientras lo pones en práctica sigues aprovechando aquellos momentos en los que aún vale la pena seguir viviendo.

Empezaremos el día levantándonos mucho antes de lo que nos gustaría, pues habremos de estar en un lugar que odiamos, rodeados de zombis que ya practican el sistema de suicidio más común y al que ahora hacemos referencia, con lo cual tendremos en quien orientarnos y de los que aprenderemos el método, quizás con la esperanza de acortar la duración de nuestro intento.

Una vez preparados para mostrarnos en sociedad, limpios y aseados, bien vestidos, en definitiva amortajados, podemos tomar el medio de transporte más conveniente para sentir intensamente y reafirmar nuestro  impulso mortal en dejar de ser.
El transporte público es el que mayor aglomeración de zombis nos ofrece en expresiones faciales de amargura, tristeza, resignación y demás máscaras del drama humano del que queremos huir, será el más apropiado para aumentar nuestro resentimiento, evitando cualquier duda de arrepentimiento. 

Probablemente nos habremos despedido ya de nuestra pareja, que a su vez tomará otro medio de transporte como el coche, quizá porque su lugar de trabajo está en las afueras de su localidad. Muy recomendable tener el coche para permanecer largas horas en caravana a la entrada o salida de las ciudades, nos permite reafirmarnos en nuestra intención de suicidarnos. 

Doy por descontado que se tiene una pareja inapropiada con la que se discute habitualmente y puedes culpabilizarla de todas tus frustraciones. Ese ser antagónico que un día creíste que te haría olvidar tus intenciones más radicales de la existencia encaminadas a no existir.
No es recomendable tener hijos con él/ella, pues pueden dar motivos de alegría y distraernos de nuestras más profundas convicciones nihilistas. Tampoco muy buenos amigos a los que envidiemos por su entusiasta alegría de vivir, a no ser que abandonemos nuestra intención suicida y queramos tener el confort de un hombro amable y cariñoso. Pero esos adjetivos, que ya hemos olvidado por ser inexistentes en nuestro ámbito laboral, pertenecen a otros ámbitos en los que el porcentaje de suicidios es nulo.

Pero sigamos en el nuestro. Un ámbito hostil, propicio para ver las lentas desapariciones de cualquier vestigio humano.  Sólo uno se mantiene, ése al que queremos acceder cada mañana amortajados hacia la incineración del alma.  Porque es el suicidio un vestigio de la humanidad insatisfecha.

Tras observar, una vez llegado a nuestro diario destino fatal, los comportamientos de nuestros congéneres los zombis, en los que apreciaremos las ingestas de venenos y narcóticos, sean en forma de cuchicheo, envidias, rencillas, o las crónicas de los programas televisivos de la noche anterior, el partido de fútbol u otros mensajes estimuladores de la idiotez innata del ser humano que al no pensar deja de existir, como nos recordaba Shakespeare. Tras ese ejercicio de observación, decía,  habremos aumentado nuestro deseo de dejarlo todo, imitaremos al máximo los comportamientos de nuestros maestros, algunos con una larga trayectoria laboral, incluso agradeceremos el ver cómo nuestros  sueldos van retrocediendo para dejar paso al Bartleby que hay en todos nosotros. 

De todo ello saldremos reforzados, convencidos, directos al cadalso que perseguíamos.
Y si llegamos a la jubilación se nos recompensará con una pensión por el esfuerzo al suicidio constante. 
Pero mientras eso no suceda, seguiremos con nuestro método de la “gota china”.

De vuelta a casa, hogar dulce hogar, nos tomaremos los tranquilizantes que nos recetan los mass media; Analgesinet o Paracetalvisión, por ejemplo.
Nada de ir al cine, un concierto de música o al teatro. Tampoco las exposiciones de arte son recomendadas, reconoceríamos el trabajo del artista y éste ya no tendría los mismos deseos de suicidarse que siendo ignorado. No estoy equiparando ambos suicidios, el vuestro se remunera cada mes, mientras que el del artista es una decisión altruista.

Pero sobretodo, alejaros de la filosofía, pues son ellos, los filósofos, los más adheridos a la causa de la existencia y si alguna vez se suicidan, como el caso de Sócrates, es por desesperación de los magistrados, leales defensores de los poderes establecidos, gestores de potenciales suicidas, creadores en parte del método que estamos impartiendo. 

Y un último consejo, si lees, que sean libros de auto ayuda, como el texto que acabas de leer.   

Descansa en paz.

2 comentarios:

Camino a Gaia dijo...

Pues la verdad no acaba de convencerme el método de suicidio. No digo que no sea eficaz pero se hace largísimo. Eso si, cuando quieres darte cuenta ya estás muerto.
Un saludo

Jordi Pascual Morant dijo...

No esperaba menos de ti, Camino a Gaia.
La filosofía te resguarda de ello.
Y aunque las "malas hierbas" estén ahí, sabes evitarlas.

Como dices, uno no se da cuenta hasta que ocurre. Tú eres de los muchos que avisan del colapso ecológico que se avecina.

Pero ese no es un suicidio colectivo, es el asesinato del medio que permite vivir a otros.

Gracias por tu comentario y sobretodo por leer mis "liebre-nadas".

Un abrazo